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Nuestro cerebro se encuentra en continuo cambio para adaptarse a todas las nuevas necesidades que van surgiendo a lo largo de nuestra vida. A esta capacidad la denominamos plasticidad. Para que podamos comprenderlo mejor, tomamos el ejemplo de una persona que se queda ciega. Cuando pierde el sentido de la vista, su cerebro se acomoda para crear nuevas conexiones que refuercen las áreas relacionadas con el oído y la vista.

Así ocurre durante la maternidad. Es evidente que la vida de una mujer cambia con el nacimiento de un niño, como también lo hace su cuerpo y su cerebro.  Al igual que ocurría con la persona que perdía la vista, el cerebro de una futura madre crea nuevas conexiones dispuestas a satisfacer las necesidades del bebé que está en camino.

Dos son las hormonas que propician el cambio:

  • La oxitocina: esta sustancia (que se produce en el hipotálamo) se encarga de potenciar el vínculo entre madre e hijo. Otras de las funciones que desempeña son mejorar el aprendizaje y la memoria a corto plazo, ayudar a reducir el nivel de estrés y promover la confianza.

  • La prolactina: también se produce en el cerebro y aunque su principal función es la síntesis y producción de leche, también se ha demostrado que influye en el comportamiento del cerebro de la madre, potenciando que se vuelva más valiente y más protectora con el bebé.

A parte de de la secreción de estas hormonas, el cerebro femenino sufre una reducción del 7% aunque recupera su tamaño habitual a los seis meses del parto aproximadamente. Los científicos no saben porque se produce esta reducción, aunque sí apuntan que puede deberse a los cambios estructurales que sufre el cerebro de la madre durante la gestación y los primeros meses después del nacimiento.

Las embarazadas suelen tener más despistes e incluso dificultades para concentrarse. Esto se debe a que en realidad toda su concentración está redirigida a preparar y disponer todo para la llegada del nuevo miembro en la familia. Cuando llega el bebé esta atención se desvía a controlar todo lo que ocurre en su entorno.

La memoria espacial mejora con el embarazo. La madre desempeñará tareas de enseñanza y educación en los siguientes años y el cerebro se prepara también para el aprendizaje. Son muchos los conocimientos nuevos que tenemos que asimilar, por eso el proceso de aprendizaje se hace más rápido y el cerebro alcanza la capacidad multitarea, es decir estar atento a más de una cosa a la vez o poder realizar varias acciones a la vez. Todas estas nuevas funciones del cerebro no tienen otro cometido que asegurar la supervivencia del bebé.

La actitud protectora de la que hablábamos antes, y esa especial osadía que poseen las madres cuando se trata de mantener a salvo a su hijo, viene a producirse  por la reducción de una zona muy pequeña del cerebro límbico, llamada amígdala y que es la responsable de las reacciones de huída-lucha.

Pocas personas ajenas a la maternidad pueden soportar el estrés de los primeros meses tras el nacimiento. La razón de que las madres sí puedan hacerlo es que su propio cerebro se prepara para las situaciones que van a vivir, las incontables horas sin dormir, alimentar al recién nacido constantemente.

El vínculo que se crea entre madre e hijo viene favorecido también porque las madres desarrollan una gran capacidad para el lenguaje no verbal. El bebé no podrá articular palabras en un largo periodo de tiempo y es por eso que se tiene que establecer otro método de comunicación. Averiguar las necesidades de su hijo a través del lenguaje corporal se convertirá en algo indispensable.

No en vano, hay cosas que solo entiende una madre.

Vía| Yodona, elrincondeunamatrona

Imagen|Entrepadres, BCU

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