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Owen Suskind era el típico niño de tres años: risas, canciones, juegos y películas de Disney con su hermano Walt… y de pronto se convirtió en un niño diferente cuando fue diagnosticado con un “autismo regresivo”, que suele aparecer entre los 18 y los 36 meses y que afecta a uno de cada tres niños autistas. No hablaba, no podía establecer contacto visual con nadie y solo lloraba y lloraba inconsolablemente. Parecía que todos los avances normales para un chico de su edad -comer solo, beber de una taza- habían desaparecido y que se había alejado de su familia para imbuirse en su propio universo.

Su antigua personalidad parecía haber desaparecido por completo, salvo por su pasión por las películas de Disney: Owen las veía una y otra vez, rebobinando determinados fragmentos decenas de veces como si las imágenes animadas escondieran un sentido oculto que solo él podía ver.

Una noche, por casualidad,su madre comprendió que aquella palabra que Owen había estado murmurando era una línea del diálogo de uno de los personajes de “La sirenita”. Esa frase era, de hecho, el primer contacto verbal con su familia en todo un año. Pero, ¿por qué esa frase?¿Tenían esas palabras significado para él?¿Estaba tratando de decir algo? Los doctores fueron concluyentes: no había manera de saberlo.

Unos años después, Walt, el hermano mayor, celebraba la fiesta por su noveno cumpleaños pero no estaba demasiado alegre ya que sus aniversarios le hacían sentir bastante decaído. Owen, que ya había cumplido los 6, vio a su hermano llorando y dijo a sus padres: “Walter no quiere crecer, como Mowgli o Peter Pan”. Ron y Cornelia se quedaron estupefactos: ya no solo era el hecho de que hubiera hecho una frase compleja y que la hubiera dicho, también había sido capaz de comprender los sentimientos de su hermano y relacionarlos con dos tramas distintas de películas, algo que, en un primer momento parecería imposible para un chico autista. Por lo que Ron pensó: ¿y si pudiéramos traer “su” mundo de Disney a nuestro mundo “real” y reconectar así con él? En poco tiempo, el padre consiguió hablar con su hijo usando una marioneta. Ron citaría e impostaría la voz de Iago, el loro de Aladdin (una de las películas favoritas de Owen) para atraer su atención e intentar que expresara sus sentimientos. Y el experimento funcionó; Owen habló claro: “No soy feliz. No tengo amigos. No puedo entender lo que la gente dice”.

Desde ese día, los personajes animados fueron el hilo que uniría la familia Suskind, e incluso la realidad más trivial, con la mente de Owen.

Todas las experiencias de los Suskind aparecen en “Life, animated”, el libroautismo disney 2 escrito por el padre, Ron, un periodista ganador del premio Pullitzer que confía ciegamente en las posibilidades disponibles para chicos como su hijo agazapadas entre estímulos visuales: “Disney proporciona una materia prima accesible para todos y omnipresente, que Owen, con nuestra ayuda, convirtió en lenguaje y en herramientas. Estoy seguro de que, con la suficiente energía y creatividad, podría realizarse en cualquier área de interés o disciplina. Para algunos niños, su afición son los horarios de trenes o los mapas. Aunque nuestro hogar puede que no sea habitual (con dos padres escritores y con una obsesión por las historias que puede que hayan acentuado y amplificado las inclinaciones naturales de Owen), no dudamos de que él comparte una arquitectura neurológica básica con otras personas afectadas por el espectro autista de cualquier parte del mundo”, dice Suskind.

En la actualidad Owen ha cumplido 23 años, se ha graduado en un programa educativo y vive de manera independiente junto con dos compañeros con necesidades especiales y su novia.

Vía| New York Times

Imágenes| New York Times

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